Algunos alojamientos nacen como un negocio. Otros nacen como un sueño.
Cuando llegamos a La Singladura, después de recorrer los caminos serranos de Traslasierra, lo primero que sentimos fue justamente eso: que detrás de cada detalle había una historia personal.
Quizás por eso el lugar transmite algo difícil de explicar. No se trata solamente de las vistas abiertas al valle de Conlara, de las suites con pileta privada o de los atardeceres que tiñen de dorado las sierras. Se trata de la sensación de estar en un lugar creado por personas que alguna vez imaginaron exactamente la experiencia que hoy ofrecen a sus huéspedes.
La Singladura se encuentra en La Población, un pequeño pueblo al pie del Cerro Champaquí, rodeado de monte nativo y con algunos de los paisajes más lindos de Traslasierra. Allí, entre el silencio de la montaña y los aromas del campo serrano, encontramos uno de esos lugares que invitan a bajar el ritmo y simplemente disfrutar.

El sueño detrás de La Singladura en Traslasierra
Antes de convertirse en uno de los alojamientos más encantadores de Traslasierra, La Singladura fue durante muchos años un proyecto imaginado por Berenice y Fran.
Ambos compartían el sueño de crear un lugar propio vinculado a la hospitalidad y la naturaleza. Después de descubrir La Población durante unas vacaciones, comenzaron a construir lentamente ese proyecto que terminaría cambiando sus vidas.
El nombre elegido no fue casual. En náutica, una singladura es el trayecto que recorre una embarcación hasta llegar a su destino. Y de alguna manera, eso representa también la historia de sus creadores: un largo viaje de decisiones, esfuerzo y sueños cumplidos que terminó tomando forma en este rincón de Traslasierra.

Hoy, ese espíritu sigue presente en cada detalle del hospedaje. Como dicen sus dueños: «No hay destino sin viaje y no hay realidad sin un sueño».
Una tarde de verano, una noche de tormenta y una mañana de otoño
Llegamos a La Singladura en una tarde que parecía más de diciembre que de mayo. El cielo estaba completamente despejado y hacían 28 grados.
Después de varios días de ruta por Córdoba, lo primero que hicimos fue bajar el ritmo.
Mientras Diego disfrutaba de la pileta privada de la suite, yo aproveché para adelantar algo de trabajo desde el jardín. La conexión Wi-Fi funcionó perfectamente durante toda la estadía, algo que quienes viajamos y trabajamos al mismo tiempo valoramos especialmente.
Pero lo mejor no era la señal. Era el entorno.

Contestar algunos mensajes, avanzar con una nota o simplemente sentarse a leer se vuelve muy diferente cuando alrededor solo hay monte nativo, flores, el canto de los pájaros y el silencio de las sierras.
A medida que caía la tarde, nos instalamos en las reposeras cerca de la pileta con una copa de vino para disfrutar del atardecer. La temperatura seguía siendo agradable y costaba imaginar que unas horas más tarde el clima cambiaría por completo.

Primero llegó un aire más fresco. Después el viento empezó a mover los árboles. Y más tarde, ya desde la comodidad de la suite, vimos una de las tormentas eléctricas más impresionantes que de los últimos tiempos.
Durante gran parte de la noche hubo rayos, truenos y lluvia. Nosotros vimos este increíble espectáculo de la naturales desde nuestro cálido refugio.
A la mañana siguiente, Traslasierra parecía otro lugar.
La temperatura había bajado casi treinta grados respecto del día anterior. El cielo seguía despejado, pero el aire tenía ahora ese perfume fresco que llega después de la lluvia.
Y fue entonces cuando entendimos uno de los mayores encantos de La Singladura: la posibilidad de disfrutar el paisaje en cualquier estación, desde cualquier rincón de la suite.

Suites diseñadas para disfrutar del paisaje en pareja
Uno de los aspectos que más nos gustó de La Singladura es que todo parece haber sido pensado para que el paisaje forme parte de la experiencia. El complejo tiene cuatro suites de 45 m², una decisión que se traduce en privacidad, tranquilidad y la sensación de estar en un refugio exclusivo en medio de las sierras.
Nuestra suite combinaba materiales nobles, artesanías de la zona y una estética cálida. Los amplios ventanales permitían que la luz natural y las vistas al monte nativo entraran en cada rincón, mientras que la bañera isla ubicada frente a los ventanales era el lugar ideal para ver el atardecer desde allí con las sierras de fondo.
Cada suite tiene su propia pileta privada revestida en piedra Bali, además de un amplio deck con reposeras y espacios para relajarse sin interrupciones. Durante nuestra visita, pasamos largos ratos alternando entre la pileta y el paisaje, disfrutando de esa sensación cada vez más escasa de no tener apuro por nada.
La experiencia se completa con detalles que marcan la diferencia: ropa de cama premium de algodón, almohadas de gran calidad y una salamandra que aporta calidez durante las noches más frescas. De hecho, después de la fuerte tormenta que nos sorprendió durante la madrugada y del brusco descenso de temperatura que siguió, agradecimos especialmente el confort de la suite, que se mantuvo siempre cálida y acogedora.

Desayunos lentos y atardeceres mágicos
Si hay algo que aprendimos durante nuestra estadía en La Singladura es que aquí no conviene mirar el reloj.
La mañana empezó con uno de esos desayunos que invitan a quedarse un rato más. A la hora acordada, una canasta apareció en la puerta de la suite con panes, dulces, jugos, infusiones y productos caseros cuidadosamente preparados. En lugar de bajar a un salón común, pudimos disfrutarlo en nuestro propio espacio, con vistas al jardín y el sonido de los pájaros como única compañía.

Sin horarios rígidos ni apuros, el desayuno se transforma en parte de la experiencia. Una segunda taza de café, una charla tranquila o simplemente contemplar el paisaje desde el deck son pequeños placeres que aquí recuperan protagonismo.
Pero si las mañanas tienen su encanto, los atardeceres son, sin duda, el momento estrella de La Singladura.
Cuando el paisaje empieza a transformarse. Las sombras se alargan y los colores se vuelven más intensos. Son esos momentos simples que muchas veces terminan convirtiéndose en los recuerdos más valiosos de un viaje.
Quizás por eso La Singladura funciona tan bien para parejas. Porque no propone una agenda cargada de actividades ni experiencias artificiales. Propone algo mucho más difícil de encontrar: tiempo para detenerse, compartir una copa de vino, contemplar el paisaje y disfrutar de la compañía del otro sin distracciones.

Y cuando el sol finalmente desaparece detrás de las sierras, uno entiende por qué tantos huéspedes terminan recordando este lugar mucho después de haber regresado a casa.
Nuestra opinión sobre La Singladura
Hay hoteles que funcionan como base para recorrer un destino y otros que terminan convirtiéndose en el destino. La Singladura pertenece a esta última categoría.
Durante nuestra estadía descubrimos que el verdadero atractivo del lugar no está solamente en sus suites, en la pileta privada o en las vistas a las sierras. Está en la forma en que te relajás. Sin apuro. Sin horarios. Sin la sensación de que siempre hay algo más que hacer.
Aquí los protagonistas son los pequeños placeres: una copa de vino al atardecer, un desayuno sin prisas, una charla que se alarga mientras cae la tarde, el sonido de una tormenta visto desde la comodidad de la habitación o simplemente el lujo de detenerse a contemplar el paisaje.

Si buscás una escapada romántica en Traslasierra, un lugar donde reconectar con la naturaleza y regalarte unos días de verdadera desconexión, La Singladura es una de las propuestas más especiales que encontramos en la región.
Un refugio serrano donde el paisaje, el silencio y el tiempo compartido son parte de la experiencia.
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